Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899 – Ketchum, Idaho, 1961), con El viejo y el mar (1952), se erigió como gran estandarte literato valiéndose de las aventuras de un viejo cubano a bordo de su barca de pesca. Un clásico de los clásicos, imperturbable en el tiempo.
EL VIEJO Y EL MAR
El poso que deja Hemingway, en esta obra, es incalculable. La del viejo es una voz contundente y desgarradora, un personaje creado para el deleite de los lectores. Después de más de ochenta días sin pesca en sus anzuelos, nuestro hombre se lanza a la mar con algo de agua y unas sardinas como regalo de un muchacho. Este jovenzuelo es parte importante del relato, aún sin estar presente en la tediosa travesía a la que se ve abocado nuestro protagonista. El chico —aprendiz y compañero del viejo durante muchas jornadas de pesca— se marcha con un nuevo patrón, con barcas de éxito en la mar, dejando, solo a su suerte, al veterano pescador.
El viejo le echa de menos a cada instante, en especial cuando los momentos difíciles arremeten contra su embarcación y su salud.
El viejo y el mar es la narración de varias jornadas a la mar, en busca de un gran pez. El entresijo de esta historia es algo que tiene que conocer el lector con el paso de las páginas. La perseverancia y el valor del anciano nos enseña valores vitales que son atemporales.
CLÁSICO MARINERO
Sin necesidad de hacer de esta novela un ensayo marinero, Hemingway traslada con maestría a los lectores cuáles son los peligros de zarpar a la mar y dejar tu suerte al mundo salvaje, donde cobrarse una buena pieza puede tener terribles consecuencias.

