Tatiana Țîbuleac (Chisináu, Moldavia, 1978) ganó en 2020 el Premio de Literatura de la Unión Europea por El jardín de vidrio, una obra situada en territorio moldavo cuando éste pertenecía a la URSS. Nos encontramos en un lugar en el que cabe mucha miseria y soledad. En una desesperanza y tristeza inmensa que más vale contener.
EL JARDÍN DE VIDRIO COMO TÍTULO
«Una fila morada, una fila blanca: rosado.
Una fila anaranjada, una fila marrón: miel.
Una fila verde, una fila blanca: turquesa.
Solo blancas: plata.
Mi jardín de vidrio».
Es eso lo que ve: belleza a pesar de todo. Lastochka se encuentra frente a las botellas de cristal que recoge en la calle a diario. Es su madre adoptiva quien le obliga a hacerlo: debe lavar los vómitos de los borrachos para dejarlas relucientes y ganar algo de dinero. Es mejor esto último que estar media vida encerrada en el orfanato.
Tampoco es agradable que, de repente, te obliguen a hablar en un idioma que no es el tuyo. La lengua despojada está muy presente a lo largo de todo el relato. Unas palabras impuestas (que conllevan una estructura) y una crisis de identidad muy difícil de superar acompañan a la protagonista hasta su fase adulta. No obstante, no se nos presenta para nada un personaje autocompasivo; muy al contrario, Lastochka es una niña con mucha entereza que no se da por vencida.
UN SUSPIRO
El jardín de vidrio es una obra compleja apta para todos: nos sitúa en un contexto histórico (los años más grises del comunismo en Moldavia), nos obliga a leer frases que están en un idioma que no entendemos y nos sumerge en un ambiente de drama extremo plagado de personajes diversos. Sin embargo, el talento y estilo narrativo de la autora nos permiten disfrutar de una pieza amena, de una novela que se lee en un suspiro. Capítulos de no más de dos páginas, frases cortas, sencillez y “poca paja”. La autora juega con el tiempo y hace uso de elipsis y flashbacks, lo cual obliga al lector a permanecer atento.
UN TALENTO
La relación entre madre e hija tiene mucho peso en En el jardín de vidrio, segunda novela de Tatiana Țîbuleac, pero este vínculo también está presente en su ópera prima titulada El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, donde la escritora “conjuga el resentimiento, la impotencia y la fragilidad de las relaciones entre madres e hijos”. Obtuvo el Premio de la Unión de Escritores de Moldavia (2017), el Premio Observator Cultural de Rumanía (2018) y el de la revista literaria rumana Observator Lyceum (2018). Tatiana Țîbuleac ha irrumpido con fuerza en el panorama literario y así esperamos que permanezca.

