Yeguas exhaustas

Yeguas exhaustas: la lucha continua

Yeguas exhaustas (Bibiana Collado, Pepitas de calabaza, Logroño, 2023) entra de un trago. El lenguaje conversacional, honesto y sin tapujos nutre la historia de Beatriz. Una intelectual de origen humilde que denuncia la carrera de obstáculos por las que pasan las mujeres. Para ello, te cuenta cómo ha sido su vida en una narración con digresiones, idas, vueltas y autoreflexiones. Dicho discurso lo realiza sobre ella misma. Y, sin embargo, interpela a muchas personas que han vivido situaciones similares a la suya.

LOS NOVENTA

En la obra se menciona un texto cuya autora rememora cómo fue su infancia y juventud en los noventa. Los referentes culturales que señala le resultan incongruentes a Beatriz. Algunas personas creen que esta década está marcada por la música en inglés. Es una visión legítima. Seguramente, mucha gente se identifica con ella. La narradora de este libro, no. Y no es la única. Últimamente, están apareciendo narraciones que evocan el final del siglo XX. Uno de los lugares comunes es la educación musical de quien escribe esas piezas. En el caso que nos ocupa hay que sumergirse en los casetes que vendían en las gasolineras y mercadillos. Espacios alejados del bombo musical promocionado por los grandes medios. Esta autora es de las pocas que lo reivindica como rasgo distintivo de personas que vivimos, bailamos y cantamos de muy jóvenes canciones de Camela y músicos similares.

CAMELA

El simple hecho de identificarse con este tipo de música y de espacios cotidianos lleva a ubicarse en la clase humilde. Esta etiqueta social no debería cobrar peso en el desarrollo laboral o cultural de una persona. Según nos sumergimos en la historia, ocurre. Nuestra educación musical nos interpela, nos atraviesa y nos puede gustar más o menos. Cada uno tiene la suya. Habrá intersecciones en las que coincidamos, pero las canciones de las que nos nutrimos forman parte de la identidad individual y colectiva. Volvemos a Camela. A Beatriz, de niña y adolescente, le encantaba. En algún punto de su vida adulta se habla de este grupo de tecno-rumba con condescendencia. Como si hubiera de ser vergonzoso gritar a los cuatro vientos que a alguien le gusta. Esta reivindicación musical supone una defensa de lo que conocemos como conciencia de clase.

CULTURA DE CLASES

Los gestos, la procedencia, la forma de escribir, de hablar, de narrar configuran unas señas de identidad correspondientes a una clase social u otra. Sobre esta premisa, se determinan los obstáculos a superar para encajar en un mundo ficticio donde no se ha nacido. Dicha lucha sucede también en la cultura. No es lo mismo que tus padres trabajen en la fábrica a que sean profesores de universidad. Esta afirmación, de dudosa veracidad, pesa sobre personas como Beatriz. Cuando se experimenta por primera vez esa barrera invisible, quizás no se percibe su existencia. Reflexionar sobre la dicotomía entre los de arriba y los de abajo angustia a la protagonista. Es normal. En teoría, cuando llegas a la universidad todos compartimos aspiraciones, gustos y un bagaje similar. Ver que no siempre es así demuestra que el mundo universitario es un espejo de la sociedad. Angustiarse o no por ello depende de cada uno.

CERCANÍA

Los contrastes nos nutren. Nos dan perspectiva. La narradora salta constantemente de su infancia a su adolescencia y a su vida adulta con una naturalidad maravillosa. Lo que en un primer momento parecen digresiones en el discurso no son más que comentarios hacia sí misma sobre que lo que dice puede tener o no un contexto para comprenderlo. Se para, adelanta o retrocede en la narración. Todo encaja. Al entrar en el texto, se respira cercanía. La fluidez y calidez del estilo narrativo refuerzan esta sensación. La de estar con una amiga que nos cuenta cómo le ha ido en la vida. Desde la primera línea habla del dolor ligado a la regla. Esta realidad ya nos conecta con el título del libro.

ELLAS ESTÁN CANSADAS

Poco a poco, se desmenuza que el nombre de la obra hace referencia a la fatiga que sufren las mujeres cada día en cada generación. Tantas normas, obstáculos, etiquetas, abusos, violencia agotan. Se dan ejemplos de madres que se parten el espinazo para dar de comer a su familia, niñas que aceptan ser sexualizadas porque es lo que se espera de ellas o académicas que ven cómo los hombres reciben más atención y reconocimiento por el simple hecho de haber nacido así. Se denuncia esta brecha de género. Se reivindica la lucha incansable de tantas mujeres que, pese a no ser grandes figuras de la Historia de la Humanidad, importan.

Yeguas exhaustas es una novela necesaria. Está llena de dolor, denuncia y lucha. Se analiza una sociedad que trata de forma distinta a la gente por su género, clase social o gustos musicales. Todo a través de la experiencia vital de Beatriz y su visión del mundo que la rodea. A ritmo de Camela, por supuesto.

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