Manel Gómez Gutiérrez (Vilafranca del Penedès, 1978) firma su primer libro de poesía, Una discontinuidad inevitable, después de haber escrito durante varios años en la intimidad. Un escritor que, siendo licenciado en Historia, dedica su vida laboral a este ámbito, aunque no sea el único talento que haya demostrado. Se describe como amante del rock ‘n’ roll, el boxeo, el vino tinto y el paisaje mediterráneo.
UNA DISCONTINUIDAD INEVITABLE
Nos encontramos ante un compendio de veintisiete poemas, todos ellos relacionados con un tema que forma el esqueleto de la obra: el boxeo. Así, el libro se distribuye en tres partes o “asaltos”. El autor se sube al ring de la literatura tras muchos años de entreno en la sombra; su primer asalto, en este año 2024, tiene como resultado una pieza con un estilo auténtico.
Uno de los mejores premios que puede llevarse un artista, en este caso escritor, es que sus obras sean reconocidas. Debe entenderse aquí el reconocimiento como identidad, es decir, cuando el lector sabe a quién está leyendo sin más información que el propio texto. Y esto es, precisamente, lo que me pasó a mí cuando escuché recitar a Maica Duaigües uno de los poemas de Manel. No sabía que Maica había cogido el libro de Manel y, sin embargo, reconocí el texto. Me bastaron unos pocos segundos para saber que estaba escuchando uno de los poemas de Una discontinuidad inevitable.
LOS ASALTOS
El primer asalto lleva el título de Trabajo de sombras. No creo que sea una mera casualidad, pues aun tratándose de una interpretación personal, pienso que los relatos están, en parte, al servicio de la autoterapia. Y es que ya sabemos que la buena ficción no se alimenta de la nada. En este sentido, el autor ha sabido aprovechar muy bien la verdad que lleva dentro para compartirla con el resto. Suena la campana:
“Empieza el combate.
Siete de la mañana.
Suena la campana.
Desearía holgazanear un rato más,
pero el deber obliga (oh, el deber).
Basculan las horas del otium al negotium
como una discontinuidad inevitable.…”
Oh, el deber. Manel Gómez muestra con identidad propia lo que todos pensamos o sentimos cuando el sistema nos permite reflexionar un poco. La obra es un ring y huele a cansancio. El ring, el boxeo, la campana o los asaltos no son más que una metáfora de la vida. Es caerse, levantarse, luchar… con esa discontinuidad inevitable.
“…
Sí, a veces pienso cómo acontecerá
mi propia muerte.
Pero hasta que llegue ese momentum
que vengan más sábados que favorezcan mi fortuna,
que vengan vinos, viandas, vinilos
y escritura febril”.
Una discontinuidad inevitable nos enseña con sencillez lo que es ese pequeño pero intenso tramo entre Eros y Tánatos, esas pulsiones interdependientes que nos mantienen en conflicto hasta el próximo “viaje”. Esperemos que esta no sea la única obra pública de Manel Gómez Gutiérrez de ahora en adelante.

