Cabronazo es, además del título del primer cuento, el compendio de doce relatos firmado por Leah Hampton, la nueva autora de la editorial Dirty Works. Podríamos decir que es una obra de ficción, probablemente los nombre y apellidos de los personajes de este volumen no sean reales (porque Miss Hampton, el bombero Larry no se apellidará Brown, no?), pero lo que es totalmente real y verídica es su idiosincrasia y (mala) fortuna.
Dentro del catálogo de la sucia editorial se albergan ensayos (Manifiesto redneck y/o El manifiesto redneck rojo) basados en el perfil del redneck o palurdo de la América profunda, en especial los que pululan a lo largo de la cordillera de los Apalaches. En estas latitudes en la que nos encontramos (me encuentro) al otro lado del charco, la cultura redneck nos pueda sonar a chino y sus costumbres están aún más alejadas a las nuestras que los kilómetros reales que nos separan geográficamente. Dando un paso diferente a los antes mencionados manifiestos, Leah Hampton muestra las vergüenzas de su terruño y paisanos de una forma directa y concisa, sin más dramatismos que los que ya padecen los lugareños en su día a día.
CABRONAZO
Como buena e inmejorable muestra nos encontramos con el primer relato titulado Cabronazo donde Hampton atiza con elegancia, y hasta con dulzura, a una atmósfera pueblerina donde la libertad de pensamiento de manera abierta no se contempla. Tu condición sexual te puede reprimir de manera brutal, aunque aquel menos pensado puede albergar una sorpresa en forma de luz, como puede ser el caso del señor Cabronazo.
A lo largo de estos relatos independientes e inconclusos, la escritora mitad estadounidense mitad británica nos descubre sus inquietudes y tormentos poniendo la atención en problemas sociales como la homofobia, el cambio climático, la inmigración, el maltrato sobre la fauna y naturaleza, etc. de un puñado de personajes incomprendidos y a su vez abandonados. Como no podían ser de otra manera en la América profunda, unos perdedores.
Cierto es que la prosa de Hampton hace que las páginas se deslicen solas, casi sin hacer ruido te dibuja un paisaje y entornos totalmente reconocibles. Así como llegar, a su vez, a lo más profundo del lector para dejar su huella con ciertos cuentos desoladores como por ejemplo Santo (todavía estoy recogiendo los pedazos de mi roto corazón por el suelo).
Creo haber leído en algún lado una frase de David Joy que decía sobre este libro: «Una colección tan excelente como la que jamás encontrará. Leah Hampton podría ser la mejor escritora de Appalachia en activo», uhm, pienso que habría que sumar en ese tinglado a Carolyn Chute.

